¿Cuán novedoso es el fenómeno Milei en política?

El interrogante de este artículo no tiene una respuesta única. Como gran parte de las cosas, todo depende de la perspectiva del observador. El fenómeno Milei puede ser un fenómeno nuevo para un país como la Argentina, pero no lo es para gran parte del mundo occidental, incluida la subregión del cono sur. 

Ciertamente los ciudadanos olvidan rápido. No tienen una memoria demasiado fiable. Esa debilidad se acentúa cuando los acontecimientos ocurren fuera de las fronteras nacionales. Los hechos novedosos y disruptivos que ocurren en el extranjero no se adhieren fácilmente a la memoria si no son activamente vivenciados a través de la experiencia. 

Los medios de comunicación, aunque cada más presentes en nuestras vidas, no tienen el poder ni la capacidad que antiguamente se le atribuían. Si no pueden determinar cómo votaremos o dirigir nuestros pensamientos, tampoco pueden imprimir en nuestras mentes los acontecimientos que ocurrieron en otras partes ajenas y distantes del globo. Aunque si es con imágenes y videos de alto impacto, siempre tendrán más éxito. 

Las personalidades antisistema (o, su variante, outsiders en contra del establishment) no son un fenómeno nuevo. Siempre existieron. En algunos países de América Latina, como Argentina, Colombia o Venezuela, su éxito era difícil de imaginar, teniendo en cuenta la hegemonía ejercida por partidos relativamente fuertes y arraigados en el territorio que bloqueaban sistemáticamente, década tras década, su entrada en escena. A esa realidad se le añadía el factor militar1.

Partidos antiguos y populares, como la Unión Cívica Radical en Argentina, el Partido Conservador o Liberal en Colombia y Acción Democrática o COPEI en Venezuela, representaron grandes maquinarias políticas capaces de movilizar a una gran cantidad de sectores con intereses disímiles (trabajadores industriales, sindicatos, profesionales independientes, entre otros) y formar a numerosos cuadros políticos, algunos de los cuales acabarían gobernando sus respectivos países. 

Ese fue el derrotero de políticos de carrera como Raúl Alfonsín en Argentina (Presidente entre 1983-1989), Jaime Lusinchi en Venezuela (Presidente entre 1984-1989) y Belisario Betancur en Colombia (Presidente entre 1982-1986). Portadores de ideales democráticos, se convirtieron en presidentes en momentos complejos en los que la etapa de relativa bonanza de las dos décadas anteriores se cerró para dar paso a una etapa de escasez marcada por sucesivas crisis.

La década del ´80 del siglo pasado, aunque testigo de la reaparición y vigencia, en algunos casos, de instituciones longevas (como partidos políticos y elecciones periódicas), contribuyó probablemente más que ninguna otra época reciente en sentar las bases para la gestación de liderazgos enfrentados a las instituciones clásicas, esto es, el Congreso Nacional, el Poder Judicial y el periodismo profesional, también conocido comúnmente como “el cuarto poder”.

Es que los sucesivos gobiernos, aunque muchos de ellos democráticos y aparentemente preocupados por causas sociales sensibles, o bien desatendieron o bien fracasaron en gestionar temas relevantes como la macroeconomía, la lucha por la transparencia, el flagelo de la pobreza o el respeto de la ley y el orden.

Ciertamente no la tuvieron fácil: desde un inicio se enfrentaron a desafíos como la crisis de la deuda externa (tras el default de México ante los organismos internacionales en 1982), el elevado gasto público, la reducción de los precios de las materias primas exportables y el asedio de actores enemigos de la paz y el orden: los militares golpistas, el narcotráfico o las guerrillas.    

En el saldo a favor de esos gobiernos se cuentan las reformas que promovían una mayor democratización de sus sociedades: me refiero a la elección directa de autoridades municipales y departamentales y la introducción de mecanismos de democracia directa como plebiscitos, referéndums e instrumentos de revocación de mandato. Es de destacar también la búsqueda incansable de paz con justicia2.

Pero ese esfuerzo, aunque rindió frutos en alguna medida, no contribuyó a una mayor democratización del sistema en el largo plazo. En términos generales, esos gobiernos y los que le siguieron, fracasaron en democratizar a sus sociedades, ayudando sutilmente a instalar la semilla del autoritarismo. 

Más temprano que tarde, en los países nombrados anteriormente, así como en varios otros de la región (Brasil, Perú y Ecuador), aparecieron liderazgos que buscaron fundar proyectos disruptivos basados en premisas enteramente nuevas, algunos de ellos antidemocráticos. 

Cambios de aire: la emergencia de actores antisistema en América Latina

Las razones que contribuyeron a la aparición de liderazgos de tipo antisistema a partir de los años ´90 se vinculan a factores que trascienden la performance o rendimiento objetivo de los gobiernos en la década anterior.  

Hubo por lo menos cinco causas que, junto a la mala performance de los gobiernos, es necesario considerar:

1)El retiro de las Fuerzas Armadas a los cuarteles, con la consiguiente asunción de posiciones más pasivas con relación al desenvolvimiento del proceso político y el consecuente cese de la supervisión sobre el mismo. Abandonaron su rol de árbitros del juego político. De esta manera, cesó también su capacidad de veto sobre las candidaturas y conductas de los gobiernos. 

En Venezuela, el exceso de generales y almirantes durante los años anteriores a 1990 generó un relajamiento de la disciplina militar que contribuyó a que sectores medios y medios-bajos de las Fuerzas Armadas comenzaran a reclamar un protagonismo inédito a través de diversas vías. Se produjo en los hechos el fenómeno inverso: la politización de las Fuerzas Armadas que beneficiaría finalmente a un sector marginal descontento con el rumbo de los gobiernos3.

2)A su vez, y relacionado a lo anterior, aumentó la presión ejercida por los Estados Unidos para que los países de América Latina logren avanzar en su proceso de democratización. Los regímenes militares, al término de la Guerra Fría, ya no serían bienvenidos. Para los gobiernos latinoamericanos, esa demanda de Estados Unidos se traducía políticamente en que fueran capaces de organizar elecciones nacionales medianamente transparentes donde el voto fuera libre, secreto y obligatorio en la mayor parte del territorio (para aquellos países con voto obligatorio). Esto es importante porque los actores antisistema (outsiders o no tanto) han sido electos de manera directa por los ciudadanos. 

3)El ocaso del Frente Nacional en Colombia dominado por la alternancia pactada entre el Partido Conservador y el Partido Liberal (1958-1974). Ese esquema semi-cerrado, no exento de prácticas colusivas, si bien forjó un diálogo fluido y acuerdos duraderos entre los principales actores involucrados, dificultó notablemente la incorporación de nuevos liderazgos, principios e ideas. El debilitamiento progresivo del Frente Nacional significó el cese paulatino del control sobre las candidaturas y alianzas a nivel nacional dando paso a un sistema más abierto que quedaría cristalizado en la propuesta de la Asamblea Constituyente encargada de redactar una nueva Constitución (1991).

Análogamente al Frente Nacional, la firma del Pacto de Punto Fijo en Venezuela (1958) benefició políticamente a los dos principales partidos: Acción Democrática (AD) y el Comité de la Organización Política Electoral Independiente (COPEI). La estabilidad política con democracia, el progreso económico y los consensos forjados a lo largo de todo el periplo convirtieron a Venezuela en un ejemplo a seguir para el resto de los países latinoamericanos que sufrían mayormente diferentes clases de dictaduras.  

Pero poco a poco, y por diversas circunstancias, ese esquema entró en crisis. El proceso de descentralización política y administrativa iniciado a mediados de la década del ´80 promovió las carreras políticas de alcaldes que fungieron como voces nuevas en el contexto de una mayor disposición de los partidos tradicionales a abrirse a las demandas de una sociedad desgastada por la corrupción y la atrofia de las instituciones. 

Los esquemas semi-cerrados y la incipiente y gradual apertura política se replicaron en varios otros países de América Latina, como, por ejemplo, Bolivia. En determinados países como Brasil, Chile o Paraguay, la dictadura militar fue tan larga que prácticamente no existieron períodos de distensión democrática durante el período.

4)La pérdida de identificación de los ciudadanos con los partidos. Antiguamente, no era extraño toparse con una persona que votara a un mismo partido político a lo largo de toda su vida. Los partidos estaban ampliamente enraizados en la vida social y cultural de los ciudadanos. Así, un obrero industrial en Argentina votaba (cuando le era posible) al peronismo, mientras que un profesional liberal de clase media de la Capital Federal depositaba su fe en el radicalismo. 

Los partidos fungían en la práctica como “filtros” acerca de lo que era aceptable políticamente y lo que no. Eso incluía todo tipo de temas, asuntos de interés público y candidaturas. 

La desidentificación partidaria, así como la personalización de la política, promovió la participación de figuras populares -antisistema, outsiders- con gran cobertura mediática, especialmente en períodos electorales.

5)El creciente descontento de los ciudadanos con los políticos y las instituciones. Así lo reflejan innumerable cantidad de encuestas publicadas en los últimos 40 años.  

Actores antisistema:¿Cuáles son los factores políticos que juegan aun a su favor?

Algunos de los factores que explican la emergencia en política de una larga lista de actores antisistema en los años ´90 siguen aún vigentes. 

Por ejemplo, los militares, salvo excepciones, permanecen en los cuarteles. Con esto quiero decir que no han vuelto a ejercer su tradicional papel de “moderadores” del juego político4. Se observa una preferencia de los ciudadanos por liderazgos civiles en detrimento de jefes militares. 

Los ciudadanos valoran sus derechos y libertades y no desean perderlos. En algunos casos puntuales, están dispuestos a sacrificar determinadas libertades a cambio de obtener paz y tranquilidad. Ese es el caso de El Salvador con Nayib Bukele.

De igual manera, la desidentificación de los ciudadanos con los partidos continúa. El auge de internet y las redes sociales empodera al individuo en detrimento del colectivo. Instagram y Tik Toc, a diferencia de Facebook o la televisión, son plataformas donde el debate y el argumento pierden poder. Por el contrario, la imagen y la capacidad de interactuar en cámara son los aspectos más valorados. 

Esas plataformas son herramientas aptas para conquistar el voto del elector, pero no para gobernar. La desidentificación partidaria se refleja en última instancia en dos fenómenos políticos cada vez más presentes en nuestras sociedades: la volatilidad del voto y la fragmentación partidaria.

Además, los esquemas políticos semi-cerrados que existieron en el pasado (como señalé para los casos de Colombia y Venezuela) ya no tienen cabida en el presente. La ciudadanía desconfía de los políticos, al mismo tiempo que pone en tela de juicio el papel que desempeñan diversas instituciones, como los partidos, el Congreso, el Poder Judicial, los sindicatos, la policía o la burocracia, entre otros.

Estamos en presencia de un ciudadano más crítico y con más información que en el pasado. El individuo, al decir del consultor político ecuatoriano Jaime Durán Barba, se rebela a la autoridad como fuente de razón, poniendo en jaque el monopolio de la verdad de familias, gobiernos y expertos. 

Finalmente, el rol que desempeña actualmente Estados Unidos es ambiguo dependiendo de qué partido ocupe la Casa Blanca. Bajo la administración de Donald Trump (Partido Republicano), Estados Unidos ha perdido el interés en continuar defendiendo la democracia en el continente. Ha retomado el interés por una agenda donde la seguridad nacional es prioridad. Temas como la inmigración o el narcotráfico son tapa de los principales diarios.  

Pero ese renovado rol de Estados Unidos no es un impedimento para que nuevos actores antisistema o outsiders de la política hagan su aparición en la escena política en los próximos años. Sobre todo, si se alinean a sus intereses geopolíticos. Personajes estridentes del pasado como Fernando Collor de Mello, Abdalá Bucaram o Alberto Fujimori son los “maestros” de resonantes figuras de la actualidad como Javier Milei, Jair Bolsonaro o Nayib Bukele. ¿Quiénes serán los sucesores de estos últimos?


  1. Si bien en Colombia no ha habido presidentes antisistema hasta la fecha, sí han aparecido políticos muy críticos del establishment político, como el actual presidente Gustavo Petro o el candidato perdedor en el último ballotage, Rodolfo Hernández. A Petro se lo suele considerar el primer presidente de izquierdas de la historia del país. Ex presidentes como Álvaro Uribe Vélez quebraron el dominio político de los principales partidos, al abandonar el Partido Liberal y postularse en 2002 como independiente. ↩︎
  2. En Argentina, el gobierno de Alfonsín logró, junto a organizaciones de la sociedad civil, enviar a juicio a los principales responsables de crímenes de lesa humanidad durante la última dictadura militar en el país. ↩︎
  3. El ex presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, lo cuenta en una entrevista con Marcel Granier. Ver min. 48-49 de la entrevista: https://www.youtube.com/watch?v=JUkzXguIj_Y&feature=youtu.be. ↩︎
  4. Una excepción es Bolivia. El caso de Venezuela es particular, ya que si bien los militares no ejercen actualmente el rol de «moderadores» del juego político, mantienen una alianza de gobierno con el personal civil que les reporta jugosos contratos y prebendas a cambio de lealtad incondicional. ↩︎

Deja un comentario