El futuro de la Argentina en un mundo en caos

La República Argentina está ante un gran desafío. En un mundo cambiante y volátil, donde reina el caos y la incertidumbre, el país se esfuerza día a día por dejar atrás sus problemas económicos. 

El gobierno argentino ha subrayado en reiteradas ocasiones su intención de dar vuelta la página de la historia. Para ello, busca presentarse como un socio confiable tanto dentro como fuera de la Argentina. 

Esa carta de presentación tiene como ejes la inserción de Argentina en el mundo, la responsabilidad fiscal y el cumplimiento de las obligaciones contractuales y financieras. 

La integración con el resto de los países se sostiene fundamentalmente en la promesa de estrechar los lazos económicos y de seguridad con Estados Unidos y Europa. 

De hecho, hace muy pocas semanas se firmaron acuerdos comerciales con ambos bloques. Esos acuerdos van a permitir la reducción de las barreras arancelarias y para-arancelarias para un amplio universo de productos, otorgando un mayor acceso del país a los mercados mundiales.

Las oportunidades que se abren de ahora en más son muy grandes y los resultados dependerán, en alguna medida, de la sanción -y correcta implementación- de los acuerdos por parte de los países firmantes.

Es un gran éxito haber logrado destrabar las gestiones para la firma del Acuerdo de Libre comercio Mercosur-Unión Europea luego de más de 25 años ininterrumpidos de marchas y contramarchas. Este hito no es enteramente una obra de este gobierno, sino más bien la cristalización del esfuerzo de varios gobiernos a lo largo del tiempo.

A la vez que profundiza la apertura comercial, el gobierno argentino está fuertemente enfocado en sostener su política de responsabilidad fiscal. 

Tras alcanzar el superávit a pocos meses de asumir la presidencia, persiste en su tesis (casi como mantra) de mantener el gasto a raya a fin de sostener un equilibrio en las cuentas públicas.

Esa meta de política pública no se sostiene sin tensiones: los cruces con gobernadores siguen a la orden del día y el conflicto social, aunque latente en el horizonte, podría manifestarse en algún momento de manera más pronunciada (1).

Especialmente si se tienen en cuenta dos factores: la suba intermensual de la inflación y la necesidad de profundizar el recorte del gasto público como consecuencia de la pérdida de ingresos fiscales generada por el enfriamiento de la economía en los grandes centros urbanos. 

Además, el aumento del desempleo, reflejado en las últimas cifras publicadas por el Indec, podría asimismo estimular protestas que conduzcan más temprano que tarde a un aumento en los niveles de conflictividad social.

Otro gran acierto del gobierno es haber conseguido mantener el dólar controlado. Más allá de algunos sobresaltos en momentos puntuales, la divisa estadounidense no ha tenido grandes variaciones desde la asunción del presidente Milei. De más está decir que ese resultado de política pública es sumamente popular.

No obstante ello, existe en el mundo académico e intelectual una discrepancia respecto a las bondades y perjuicios de lo que podríamos denominar el “modelo Milei”.

Para algunos economistas, la política de reformas estructurales encarada por el primer mandatario conduce naturalmente a una sobrevaluación del peso. En otras palabras, que el peso argentino gane terreno frente al dólar estadounidense no es una señal de alarma, sino una consecuencia esperable de una batería de medidas en política económica. 

En las antípodas se ubica otro grupo de analistas e intelectuales. Según ellos, la política cambiaria es equivocada, ya que expone a la industria nacional a una competencia despareja producto de la entrada indiscriminada de productos importados que compiten en condiciones desiguales con los productos locales. Se configura un fuerte atraso cambiario. 

Pero hay algo en lo que ambos grupos coinciden: la necesidad de que el Estado nacional y los Estados provinciales avancen en una reforma impositiva que simplifique trámites, elimine trabas y reduzca los impuestos. La meta sería así “nivelar la cancha”.

En el plano financiero, el Banco Central ha concentrado sus esfuerzos durante los últimos meses en la compra de divisas. 

Pese a ello, los niveles de reservas netas permanecen bajos y el riesgo país ha vuelto a repuntar. El triunfo electoral del gobierno el pasado 26 de octubre no ha logrado despejar los problemas en su totalidad. 

Por supuesto, el escenario internacional con la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán en el centro de la escena es un factor de complicación más en un escenario de por sí difícil (2).

En un contexto económico de alza en el costo de vida, consumo retraído y mayor desempleo, el gobierno se esfuerza por mantener vivo el relato de “Hacer nuevamente de la Argentina una gran nación”.

Para ello emplea una vieja táctica que consiste en hablar de la herencia recibida. Ya sea para criticar a la oposición o para destacar avances propios, ese camino parece actualmente ineludible. 

Es así como hace pocos días el presidente destacó que cuando su gobierno asumió, la inflación era de 1,5% diario, mientras que actualmente ronda el 2,5-3% mensual. En pocas palabras, el discurso gira en torno a reinterpretar la realidad para beneficio propio.

Sin embargo, la opinión pública medida a través de encuestas muestra una tendencia de los ciudadanos a adjudicarle al gobierno actual mayor responsabilidad que en el pasado por el funcionamiento de la economía. Todo indica que a medida que transcurra el mandato presidencial, esa tendencia irá en aumento.

Por eso, una alternativa más eficaz para el gobierno, hasta tanto haya un repunte de las variables económicas mencionadas, sería comunicar logros más sólidos y permanentes. En tal sentido, hitos como la reducción de la pobreza o la criminalidad (por ej, en zonas como Rosario) son más tangibles y capitalizables políticamente. 

De alguna manera, el gobierno tiene un problema para alinear el éxito político con el económico. Sus triunfos recientes en el Legislativo (donde sancionó con la ayuda de aliados ad-hoc 5 leyes en el período de Extraordinarias) no acompañan las novedades en el frente económico. Al igual que sucedió el año pasado (pero al revés), los “buenos tiempos” no corren en paralelo (3).

Esta es una mala noticia, sobre todo para un presidente que hizo de la no-política una bandera. Un presidente cuya razón de ser es la economía y cuya legitimidad descansa en los éxitos económicos. 

En ningún momento fue más pertinente recordar y traer a colación la frase del consultor político estadounidense James Carville durante la campaña presidencial de Bill Clinton contra George H.W. Bush: “Es la economía, estúpido”.


  1. Las críticas provienen no solamente de gobernadores opositores, sino también de aliados en diferentes provincias, como el gobernador de Mendoza, Alfredo Cornejo. Otros gobernadores dialoguistas también se quejaron de una «falta de reciprocidad» luego de su apoyo a leyes como la reforma laboral y la falta de asistencia del gobierno nacional ante la caída de la coparticipación para las provincias.Ver: https://www.lacapital.com.ar/politica/un-gobernador-aliado-cargo-duramente-contra-javier-milei-la-economia-va-crujir-este-ano-n10249176.html y https://www.ambito.com/ambito-nacional/los-gobernadores-dialoguistas-hacen-equilibrio-la-crisis-fiscal-y-las-negociaciones-javier-milei-n6262454 ↩︎
  2. El aumento internacional en el precio del crudo producto del cierre del Estrecho de Ormuz tiene un impacto decisivo sobre los precios de los combustibles en la región. En contraste con otros países de la región, el impacto de la suba en la Argentina es hasta el momento acotado ↩︎
  3. Los recientes escándalos de corrupción minan la credibilidad del presidente y su entorno. Para graficar su importancia, habría que recordar que la lucha contra la corrupción fue, junto a la economía, uno de los «caballitos de batalla» de la campaña del candidato Milei en 2023. En un orden de importancia decreciente, la lucha contra la corrupción le sigue inmediatamente al desempeño económico ↩︎

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