
La flamante victoria de Javier Milei en las elecciones del pasado 13 de agosto marca la continuidad de un fenómeno muy recurrente en la región en los últimos tiempos. Me refiero al auge de los liderazgos antisistema que alzan las banderas de la ética y la transparencia y buscan terminar con la hegemonía de la política tradicional.
Con gestos ampulosos y palabras grandilocuentes buscan aprovecharse de la mala reputación de los políticos tradicionales y abrirse paso en un escenario donde el discurso simple y directo, sin intermediarios, cala hondo en un electorado cansado de promesas vacías y discursos políticamente correctos.
La experiencia, en este sentido, no parece ser ya una ventaja, sino una carga que condiciona y limita las posibilidades de presentarse como la novedad. El liderazgo disruptivo resulta mucho más atractivo a los ojos de un electorado ajeno a la política y que evidencia signos de agotamiento y hartazgo para con un sistema que bloquea sistemáticamente las vías de progreso y ascenso social.
Javier Milei irrumpe en un país donde los políticos han fracasado en la gestión de la política económica y donde la igualdad de oportunidades está muy lejos de ser tal. Es así que una persona que nace en la provincia del Chaco o La Rioja carece de las mismas oportunidades de educarse y tener un trabajo bien remunerado que una persona que nace en Buenos Aires o en Córdoba.
El destino y la geografía, en lugar del mérito y el esfuerzo, terminan así dictando las posibilidades de una persona de alcanzar determinados logros en el transcurso de su vida.
Esta realidad no es exclusiva de la Argentina. Si bien algunos países de la región han logrado controlar sus desequilibrios macroeconómicos y mejorar sustancialmente sus indicadores sociales (como los índices de indigencia y pobreza), el progreso sigue siendo esquivo a grandes porciones de su población.
Justamente es en esos países donde han irrumpido las propuestas antisistema. En países como Perú, Chile o Brasil, la mejora de los índices macroeconómicos desde mediados de la década de 1990 no ha podido hacer milagros, ya que cuestiones como el sistema educativo, la competitividad de la economía, por no hablar de los sistemas de salud, no han estado a la altura de las circunstancias.
La crisis del sistema sanitario en Perú y Brasil se evidenció muy claramente con el advenimiento de la pandemia de Covid-19 (*).
Liderazgos antisistema: los casos de Perú, Chile y Brasil
En Perú, un maestro rural y sindicalista llamado Pedro Castillo alcanzó la Presidencia en 2021 con un discurso de rechazo a la corrupción y en contra de la elite política tradicional. Su propuesta residía en desterrar de cuajo el sistema neoliberal que, a su juicio, producía injusticia e inequidades que debían ser rápidamente superadas para beneficio de la mayoría de los peruanos. Pretendía entonces reemplazar la Constitución de 1993 por otra nueva donde el Estado tuviese un rol mucho más activo en temas como economía, salud y educación.
Entre sus propuestas electorales se incluían una reforma agraria, la nacionalización de recursos estratégicos y la suspensión de las importaciones de bienes básicos para dar paso a un proceso de sustitución de importaciones.
En Chile, el presidente Gabriel Boric fue uno de los referentes de las movilizaciones masivas de 2019, movilizaciones que tuvieron lugar luego del aumento del precio del transporte público en Santiago, más precisamente, del metro.
Esa medida gatilló una violenta respuesta de los ciudadanos en las calles que aprovecharon la ocasión para realizar un conjunto de reclamos al Estado chileno en la dirección de una mayor regulación del mercado, mayor igualdad real y una intervención activa en asuntos sociales.
Los reclamos principales giraron en torno a una mejora en las pensiones, en los salarios, en la accesibilidad y calidad del sistema de salud, a lo que se sumó el reclamo histórico de los estudiantes chilenos, que nuevamente poblaron las calles de Santiago como ya lo habían hecho en 2008 y 2011.
La protesta incluyó, además, un pedido para la redacción de una nueva Constitución que reemplazara a la Constitución vigente sancionada durante el régimen militar de Augusto Pinochet (1974-1990). Esa solicitud se materializó en el llamado Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución.
Este acuerdo suscripto entre el gobierno de Sebastián Piñera y la oposición de izquierda buscó dejar atrás definitivamente los enclaves autoritarios del pasado y realizar una transición del llamado “modelo neoliberal” hacia una economía social de mercado.
Habiendo ciertas similitudes entre el proceso político peruano y chileno, en Brasil la situación fue algo distinta. En este último país un candidato de extrema derecha perteneciente a un partido marginal sacó provecho del escándalo del Lava Jato y la recesión de la economía para arremeter contra los partidos políticos del establishment y sus empresarios aliados.
El discurso anti-PT de Jair Bolsonaro (con los ex presidentes Luiz Inácio Lula da Silva y Dilma Rousseff como blancos predilectos) tuvo un gran impacto en el electorado independiente que no se identificaba con algunos de los partidos. A partir de un uso muy sofisticado de las redes sociales (en el que abundaron las “fake news”), fue capaz de llegar con su voz a lugares inimaginados.
Las propuestas del candidato buscaron desacreditar el llamado “socialismo del siglo XXI” por entonces imperante, al rechazar la ideología de género, las cuotas raciales y las políticas de protección al medio ambiente. Abogó, en cambio, por el retorno de la familia y las instituciones tradicionales.
En economía, defendió la liberalización de los mercados y una reducción de los impuestos a las empresas, mientras buscó alejarse de países gobernados por dictaduras de izquierda, como Venezuela o Cuba.
Su estilo excéntrico y descontracturado, sumado a un discurso sencillo y sin intermediaciones probaron ser, una vez más, antídotos eficaces contra un sistema de partidos corrompido desde la raíz.
La llegada a la presidencia de Jair Bolsonaro significó la derrota de los políticos del mainstream que habían controlado la política federal de Brasil durante los últimos 30 años.
Los líderes antisistema y el drama de la gobernabilidad
Las propuestas antisistema, es bueno mencionar, no necesariamente se traducen en liderazgos antisistema (1).
Entre los casos narrados, tanto en Brasil como en Perú existieron líderes antisistema (Jair Bolsonaro y Pedro Castillo, respectivamente).
Concretamente en el caso de Chile, el presidente Gabriel Boric, aunque planteara propuestas de cambio novedosas, nunca fue un líder antisistema. Ya como presidente, siempre se ha mostrado abierto al diálogo y a la negociación, o sea, como un líder moderado alejado de cualquier extremo.
No obstante, la victoria de Boric hubiese sido difícil de imaginar sin el estallido social de 2019, un movimiento cívico que incluyó grupos rebelde antisistema. Más aún, recoge en su plataforma de gobierno demandas de cambio radicales.
En Chile, al igual que en Perú, el malestar ciudadano radica en la ineficacia del Estado para cumplir con sus funciones principales, mientras que, en países como Brasil, un sistema aceitado de corrupción forjado entre empresarios y políticos fue la causa visible del malestar (2).
Una lógica similar tiene lugar actualmente en Guatemala, donde hace pocos días fue electo presidente el candidato Bernardo Arévalo del Movimiento Semilla, un movimiento que promete terminar con la corrupción sistémica en un país donde el Ministerio Público Fiscal ha funcionado como brazo judicial del Poder Ejecutivo liderado por el presidente Alejandro Giammatei (3).
Esta ola antisistema no tiene lamentablemente un correlato en la gobernabilidad. Los presidentes electos no han podido o no han sabido gobernar de manera eficaz. Y esto tiene una explicación: el partido de gobierno carece frecuentemente de una mayoría absoluta en el Congreso o Asamblea Nacional para sancionar las leyes más importantes. Esta situación ha obligado a los presidentes y legisladores del oficialismo a tener que negociar cada una de las leyes con las demás fuerzas políticas.
Pero negociar no resulta ser una tarea fácil, especialmente cuando el partido en el poder cuenta con muy pocos diputados y senadores propios. El problema se agudiza en presencia de líderes sin experiencia que optan por un discurso de confrontación: habiendo arribado al gobierno con un discurso antisistema, la tarea de negociar con la “casta política”, amén de contradictoria, se torna cuesta arriba.
En este contexto, la apelación al pueblo resulta en vano y la tentación de recurrir a medidas unilaterales como decretos legislativos está más presente que nunca. Pero esta tentación podría fácilmente conducir a un país al abismo. A un estado de enfrentamiento permanente.
Por lo que la mejor estrategia política para un líder de estas características parecería ser a priori la moderación y la negociación con las demás fuerzas, a la espera de mejores tiempos. O bien, la radicalización y la sanción de medidas administrativas, hasta tanto haya nuevas elecciones que permitan (apoyo popular mediante) construir las mayorías necesarias para sancionar las leyes requeridas.
- Los liderazgos antisistema, aunque diferentes en la letra chica, tienen en común una serie de características: representan una novedad en política, se manifiestan abiertamente en contra del orden establecido y plantean la introducción de un «modelo» o sistema alternativo al existente. Además, suelen plantear soluciones simplistas a problemas complejos ↩︎
- Que la corrupción haya sido la causa visible, no significa decir que es la principal. Hay otras causas políticas y sociales que podrían explicarlo, como la desigualdad social, el derroche del gasto público y el aumento de la criminalidad, por no hablar de problemas de salud y educación. Los estallidos sociales en los últimos años fueron protagonizados por sectores activos de la sociedad, de clase media, que veían frenada en seco la posibilidad de seguir avanzando, a nivel personal o colectivo, en la jerarquía social ↩︎
- Sería justo decir que el presidente electo, Bernardo Arévalo, luce más moderado que sus contrapartes de la región. Guatemala es actualmente un país donde los jueces y fiscales hacen y deshacen a gusto del Poder Ejecutivo, sin arreglo a la ley. Este accionar arbitrario de jueces y fiscales le ha valido al país la imposición de sanciones por parte de Estados Unidos.
También se podría mencionar el caso de Colombia, donde un presidente de izquierda alcanzó por primera vez en 2022 la presidencia de ese país. El presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador podría ser considerado un líder antisistema, pero en la realidad, no lo es. Simplemente es un líder de izquierda (populista para algunos) que, a diferencia de otros líder políticos menos experimentados, goza de importantes apoyos en el Congreso de la Unión para llevar adelante su proyecto político ↩︎
Fuentes
https://www.cidob.org/biografias_lideres_politicos/america_del_sur/peru/pedro_castillo_terrones
https://www.cidob.org/biografias_lideres_politicos/america_del_sur/brasil/jair_bolsonaro