Los desafíos de la derecha en Argentina

Hace no mucho tiempo el mero ejercicio de pensar que la derecha no peronista pudiera ocupar el gobierno parecía utópico. La percepción mayoritaria en la opinión pública era que sus gobiernos habían fracasado.

Esa percepción se apoyaba en dos dimensiones: 1) El pobre desempeño de la economía 2) La dificultad para sostener la gobernabilidad.

Los problemas de la economía argentina se relacionan con las bajas tasas de crecimiento, así como a las dificultades para reducir la inflación. Son temas que concentran la agenda de los medios públicos desde hace por lo menos dos décadas.

Respecto al crecimiento económico, existe un consenso acerca de que crecer de manera sostenida es una de las principales metas de todo gobierno.

En relación con la inflación, los gobiernos del siglo XXI en Argentina tuvieron tres formas diferentes de abordarla: desde subestimarla o ignorarla hasta hacerle frente de una manera casi obsesiva. 

Gobiernos de izquierda como los de Néstor Kirchner (2003-2007) o Cristina Fernández (2007-2011; 2011-2015) prestaron en general mucha atención a la variable del crecimiento económico (impulsado por el boom internacional de las materias primas y alimentos) y alternaron entre negar o subestimar la inflación. Su argumento era que la economía, para crecer, requiere necesariamente de una dosis de inflación. Al parecer, una y otra se reforzaban.

Sin embargo, el aumento generalizado de los precios no tardaría en desbordarse. Es allí donde subestimar el problema dejaría de ser una opción y comenzarían a ensayarse diferentes respuestas según el contexto. 

Ya el gobierno peronista de Alberto Fernández (2019-2023) reconoció el efecto dañino de la inflación sobre los ingresos reales, además de suscribir tímidamente el papel negativo de la emisión monetaria sobre los precios de la economía. Pero no pasaría de una mera declaración de intenciones, ya que la inflación alcanzaría sobre el final de su gobierno niveles estratosféricos. 

Resumidamente, los gobiernos peronistas -de izquierda- implementaron medidas como el control de precios, la prohibición o limitación de importaciones, la intervención al Instituto de Estadísticas y Censos (INDEC) y la utilización del tipo de cambio como mecanismos para limitar, sin éxito alguno, el aumento de los precios. 

El camino de la derecha en el siglo XXI

La derecha no peronista, por su parte, tomó un camino diferente. En contraste con el peronismo, le asignó desde un comienzo máxima prioridad a la lucha contra la inflación. En consecuencia, tanto el gobierno de Mauricio Macri (2015-2019) como el de Javier Milei (2023-actualidad) utilizaron amplios recursos de gobierno (tiempo, personal especializado y decretos ejecutivos) para combatirla.

Ambos gobiernos optaron por desplegar prioritariamente medidas ortodoxas de tipo fiscal y monetario. Si los gobiernos de Néstor y Cristina aprovecharon el viento a favor para impulsar un crecimiento acelerado, los gobiernos de Macri y Milei la tuvieron más complicada. 

Las medidas económicas del gobierno de Macri, al igual que más tarde sucedería con Milei, apuntaron fundamentalmente a normalizar o reestablecer los precios relativos de una economía arruinada. Eso requería sincerar precios que se habían mantenido ridículamente bajos en años anteriores, como los precios de la electricidad, gas, combustible y transporte, entre otros. 

Ese ajuste de tarifas buscaba el restablecimiento de los niveles de calidad en los servicios públicos y el normal funcionamiento de una economía basada en ley de la oferta y la demanda.

Sin duda que tal sinceramiento tuvo a corto plazo un efecto negativo sobre la capacidad de consumo industrial y del hogar, teniendo en cuenta que los salarios o ingresos no aumentaban en la misma proporción. Por eso también es que la inflación se mostró en un comienzo inflexible a la baja. 

A fin de atraer inversiones y fomentar las exportaciones (un modelo de desarrollo hacia afuera se abría paso), Macri y sus ministros aprovecharían cada uno de los foros e instancias globales para presentar al país ante los grandes inversores y jefes de Estado del mundo. Ese esfuerzo tuvo su punto cúlmine con la celebración en 2018 del G20 en Buenos Aires, capital de Argentina. 

Como Macri, el gobierno de Milei sigue una senda parecida, pero se destaca en sus esfuerzos por reducir el gasto público. Ese foco en lo fiscal mejora el posicionamiento frente a los inversores y reduce en cierto grado la vulnerabilidad del país ante shocks externos (1).

En esa línea, ha echado a andar la “motosierra” que busca eliminar organismos públicos a fin de reducir el gasto, agilizar trámites, mejorar la eficiencia y aumentar los márgenes de libertad. 

Aun así, y a pesar de los pronósticos halagüeños, la férrea y decidida política de austeridad y control del gasto no ha logrado hasta el momento terminar con la inflación. Esta se mantiene en niveles sorprendentemente altos, niveles similares a los registrados durante la última pandemia. 

El modelo económico de Milei

Si durante el gobierno de Macri el sector “ganador” fue el campo, el gobierno de Javier Milei es testigo (y promotor, hasta cierto punto) de dos grandes “ganadores”: el sector minero y energético. 

Para impulsar las exportaciones e inversiones foráneas, el gobierno ha sancionado durante el primer año de su gestión el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI).

El RIGI ofrece ventajas fiscales, aduaneras y cambiarias durante 30 años a proyectos de inversión que superen los 200 millones USD. A abril de 2026, el RIGI ha logrado captar en proyectos presentados cerca de 95 mil millones de USD, según registros oficiales.

Recientemente, la reforma a la Ley de Glaciares busca darle un nuevo espaldarazo al programa. Se estima que con esta nueva ley se puedan establecer y desarrollar numerosas inversiones en diferentes provincias, especialmente en la región de Cuyo. 

Aunque es innegable el impulso que los sectores mineros y energéticos son capaces de aportarle al país, muchos analistas observan con cierta preocupación el desempeño crecientemente dual de la economía. 

En otras palabras, existen por un lado sectores que crecen de manera muy pronunciada, al mismo tiempo que hay otros sectores que no son capaces de mantenerse en pie. 

Los primeros poseen numerosas ventajas comparativas, además de ser grandes generadores de divisas. En esta situación se encuentran el campo, la minería y la energía con 3 zonas geográficas que destacan: La Pampa Húmeda, la Región de Cuyo y Vaca Muerta en la Patagonia. 

Los segundos, por su parte, están representados por sectores como la industria, la construcción y el comercio. Estos son, a diferencia de los primeros, grandes generadores de empleo, pero no de divisas. 

El desarrollo de los sectores “estrella” permitirá a la economía argentina superar seguramente la dependencia estructural de dólares para poder funcionar de una manera más sana y equilibrada. 

Conclusión: gobernabilidad y economía

El nuevo milenio se inició con el sonido de las cacerolas y los cánticos en Plaza de Mayo que exigían la salida del presidente Fernando de la Rúa y su ministro de Economía, Domingo Cavallo.

A las pocas semanas del mes de diciembre de 2001 esas demandas se hacían realidad. A la salida de Cavallo el día 20 en la madrugada le sucedería unas horas más tarde la del presidente electo en 1999, De la Rúa.

La caída del gobierno radical de tinte conservador dejaría una profunda huella en la cultura argentina. Esa salida traumática, producto de factores políticos, económicos y sociales, permanece y moldea el imaginario de la gente.

En lo inmediato significó el retorno al poder del peronismo. Su líder en aquel momento, Eduardo Duhalde, organizó junto a la principal figura de la oposición, el expresidente Ricardo Alfonsín, lo que denominaría un Gobierno de Unidad Nacional. 

Pero también facilitó la salida de la Convertibilidad, un sistema monetario que había posibilitado durante 10 años una estabilidad económica inusitada.

De esa experiencia traumática de inicios de siglo, el país sin dudas aprendió. ¿Qué cosas? Fundamentalmente aprendió a respetar los ciclos políticos -con sus aciertos y desaciertos- y reconocer y brindar legitimidad a las autoridades electas. Ese aprendizaje redundó en el mediano plazo en una estabilidad política incuestionada (2).

Es así como, desde el año 2002, no solo el peronismo, sino también el no-peronismo tuvieron presidentes que pudieron finalizar su mandato. El gobierno de Macri debió enfrentar en 2017 un ataque contra el Congreso, pero, en líneas generales, los actores más importantes se mantuvieron fieles al Estado de Derecho (3).

El gobierno de Milei debió enfrentar en 2025 una mayoría legislativa hostil, pero tras resistir durante meses, en octubre de 2025 logró triunfar en las elecciones intermedias. Esto le permitió contrarrestar la agenda del Congreso y evitar la tramitación de un juicio político en su contra. 

En perspectiva latinoamericana, a diferencia de Perú, Argentina no solo logró dejar atrás su pasado político vinculado a los militares (14 y 6 golpes militares exitosos en el siglo XX, respectivamente), sino también reconstruir su sistema electoral donde la regla constitucional de estabilidad del presidente en el cargo (mandato fijo de 4 años) se cumple de manera cabal.

Pero, aunque la gobernabilidad en el Perú esté complicada, su estabilidad económica es ejemplar. Esto también lo separa de la Argentina.    

En el corto plazo, la estrategia económica del presidente Milei de “poner todos los huevos en una canasta” no parecería estar funcionando. Las recientes declaraciones del gobierno en la línea de moderar la “motosierra” y relanzar la economía lo confirmarían.

A mediano y largo plazo, el país se enfrenta a un dilema mucho más relevante: cómo independizar la economía de la política. O, en términos más académicos, cómo institucionalizar el sistema económico.

El prestigioso economista Douglas North, Premio Nobel de Economía en 1993, planteó que una explicación fundamental de la disparidad en el crecimiento entre países es la diferencia en las instituciones económicas. Dicho en otras palabras, el desarrollo de las instituciones en el terreno de la economía explica la riqueza o pobreza de las naciones.

Siguiendo el ejemplo anterior, un país de tamaño mediano como Perú fue capaz de superar las limitaciones de su economía mediante la construcción paciente de instituciones económicas como el Banco Central de Perú, un cuerpo de diplomáticos altamente calificado y con independencia de criterio y un sistema de respeto a la propiedad privada basado en normas sólidas y robustas.  

¿Será un país como la Argentina capaz de imitarlo independientemente de quien ocupe transitoriamente el poder?


  1. El gobierno de Milei consiguió hacerse con superávit fiscal a los pocos meses de alcanzar la presidencia aprovechando los efectos negativos de la inflación sobre ingresos y salarios ↩︎
  2. Entendiendo por estabilidad política la estabilidad del presidente en el gobierno. No es lo que sucede con respecto a las políticas públicas
    ↩︎
  3. Fue en el marco de la sanción de una reforma previsional muy cuestionada por el kirchnerismo, la izquierda y organizaciones sindicales ↩︎

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