
Un conocido escritor y filósofo estadounidense anticipó a finales de los años ´80 en un libro muy popular el fin de las ideologías. Eran tiempos donde Estados Unidos se abría paso como la gran superpotencia y la Unión Soviética, rival del primero durante la Guerra Fría, se disolvía tras años de estancamiento y rezago.
Esos cambios de gran magnitud dieron paso a una nueva manera de entender y comprender el mundo: los países de occidente adoptarían -de manera casi universal- el capitalismo como sistema económico y la democracia liberal como régimen político. Un sentimiento de unanimidad y fe en el progreso recorría la piel de intelectuales y políticos1.
La democracia liberal era el modelo político de las potencias de Occidente y consistía primeramente en la realización periódica de elecciones libres, universales y con voto secreto donde el soberano, el pueblo, transfería la responsabilidad de gobernar a un grupo selecto de personas que debían gobernar en su nombre.
Junto al Poder Ejecutivo unipersonal se erigían otros dos poderes: un Poder Legislativo en forma de asamblea encargado de legislar y un Poder Judicial conformado por magistrados independientes que tenían como principal función el control de constitucionalidad.
En las democracias presidenciales, entre las cuales sobresalía el modelo estadounidense, existía una división y separación de poderes, poderes que ejercían funciones de frenos y contrapesos evitando así el fantasma de la concentración del poder. Los padres fundadores de Estados Unidos buscaron resguardar el sistema de la tiranía de la mayoría.
La democracia parlamentaria adoptada por buena parte de Europa a semejanza del modelo inglés funcionaba bajo principios y mecanismos diferentes. El propósito de sus diseñadores no consistía ya en la limitación de poderes como en el sistema presidencialista, sino en la capacidad de hacerlos funcionar de una manera coordinada y armónica, evitando así el bloqueo y la parálisis de la rama de gobierno.
El avance implacable de la democracia y el capitalismo
Esa renovada fe en el progreso de la democracia y el capitalismo tenía su explicación en el colapso de los regímenes autoritarios, ya sea en su tradicional forma de dictaduras (de izquierda y de derecha) o bien en su novedosa y peculiar forma de totalitarismos en cabezas de personajes como Hitler, Stalin o Mussolini.
La democracia comenzaría a ganar terreno a partir del final de la Segunda Guerra Mundial con la caída del nazismo en Alemania y el ascenso a potencia de los Estados Unidos, quien junto con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) tendría la misión de liderar el mundo en el período de la post-guerra.
Japón, aliado de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, iniciaría con la tutela militar de Estados Unidos una lenta y fructífera reconstrucción que desembocaría en la democracia como régimen político y unos niveles extraordinarios de crecimiento económico durante las décadas de los ´60 y ´70.
El ejemplo de Japón tendría un impacto e influencia decisivos en el continente asiático, aunque solo sea por el miedo, rencor y envidia que provocaba en sus vecinos más inmediatos. Así es como naciones como Corea del Sur, Taiwán y Singapur lograrían ponerse en marcha económicamente, aun cuando políticamente -a diferencia de Japón- seguirían siendo dictaduras por un tiempo más.
Mientras tanto, Estados Unidos y la URSS se embarcarían en una guerra sin sangre -pero sin tregua- que mantendría al mundo en vilo ante la inminencia de una guerra nuclear.2 A la par del riesgo nuclear, se iniciaría una competencia tecnológica y científica feroz por enviar al hombre a La Luna.
Los procesos de democratización continuarían en las décadas del ´70 y del ´80 en el sur de Europa y América Latina. Los primeros países en democratizarse fueron en orden cronológico Portugal, Grecia y España.
En Portugal, la Revolución de los Claveles se inició cuando un grupo de capitanes del ejército derrocó al gobierno dictatorial de Marcello Caetano. Fue una revolución no violenta que marcaría el inicio de la transición del país luso a la democracia luego de un período de dos años de inestabilidad.
En España, la muerte del general Francisco Franco en 1975 allanaría el camino para la realización de una Asamblea Nacional Constituyente que redactaría una nueva Constitución. Esa Carta Magna junto a la rehabilitación de los derechos políticos para el Partido Comunista servirían como nuevo marco político e institucional para la realización de un diálogo de alcance nacional que culminaría con el establecimiento de un sistema parlamentario.
Dentro de América Latina, los primeros países en democratizarse en lo que se dio a conocer por el politólogo Samuel Huntington como la tercera ola de democratización fueron República Dominicana y Ecuador seguidos por Perú, Bolivia y, finalmente, la Argentina.
Por último, sería el turno de la Unión Soviética. Los procesos de glasnost y perestroika iniciados en la Unión Soviética durante la era Gorbachov en los años ´80 posibilitaron una mayor apertura política y económica que, en última instancia, relajaron los controles políticos e institucionales que existían sobre la prensa y la libertad de expresión desde el inicio de la Revolución Rusa en 1917.
Esa mayor apertura condujo a movilizaciones sociales y cambios políticos e institucionales que llevaron más temprano que tarde a la realización de elecciones populares. Estas representaron un importante hito hacia la democratización del poder político.
El fallido golpe de Estado perpetrado por altos funcionarios soviéticos durante agosto de 1991, además de suscitar una enorme solidaridad internacional, asestó el golpe mortal a la Unión Soviética y allanó el camino hacia una nueva era en el mundo.
El balance democrático
Ese breve recuento de acontecimientos ocurridos durante el siglo XX deja en claro una cosa: el fortalecimiento de la democracia y el capitalismo y el debilitamiento de las dictaduras a partir de mediados del siglo XX.
El surgimiento de regímenes iliberales durante los años 2000 ha hecho renacer el fantasma del autoritarismo en países como Turquía, Hungría o Rusia, pero la democracia sigue aun firme en regiones donde anteriormente no lo era en absoluto: principalmente en Europa Occidental, Europa Oriental, Este de Asia y América Latina.
En Rusia, la democracia se ha erosionado, pero partiendo de una base un tanto endeble y precaria. Históricamente es una nación que cuenta con muy escasa experiencia y cultura democráticas. Aun así, no deja de ser un caso claro de retroceso, especialmente si se tiene en cuenta el fervor democrático subyacente antes y después de la disolución de la Unión Soviética.
En China, el Partido Comunista (PCCH) sigue dominando la escena política estableciendo las reglas del juego que le permitan seguir siendo el actor hegemónico por excelencia. La censura y el control del partido cercenan las libertades civiles y políticas de los ciudadanos chinos.
Pero como afirma el politólogo estadounidense Steven Levitsky en su libro “Revolución y dictadura”, la capacidad del PCCH de llevar a cabo una represión de alta intensidad disminuye a medida que la vieja generación de líderes revolucionarios es sustituida por una nueva e incipiente generación que deberá ahora apelar a mecanismos represivos más tenues y a una mayor capacidad de persuasión.
La era Trump en Estados Unidos, por su parte, amenaza con poner seriamente en riesgo las libertades y derechos de los migrantes. De hecho, es posible afirmar que se han violentado gravemente los derechos humanos de las personas que migran hacia los Estados Unidos3.
Pero ese accionar ilegal con respecto a los migrantes no parece hacer peligrar la alternancia democrática y es poco probable, además, que las instituciones estadounidenses y el ciudadano americano cedan a largo plazo a la demagogia del líder republicano. Más aun, si los resultados no acompañan como es el caso en este momento.
¿El fin de la historia?
La tesis de Francis Fukuyama en su libro “El fin de la historia y el último hombre” de 1989 es que la historia ha llegado a su fin. Puesto así, parecería ser que el autor desvarió. La historia en minúscula es una sucesión de eventos con un nexo de causalidad entre sí y un cierto nivel de aleatoriedad en que no es posible vislumbrar y anticipar un final.
Pero Fukuyama entendía la historia en mayúscula como direccional, evolutiva y con sentido. Inspirado en Friedrich Hegel, la historia entendida como una lucha entre ideologías y modelos políticos sigue un proceso dialéctico donde las contradicciones son el vehículo que la hacen avanzar hacia un estadio de evolución más avanzado.
Si en Karl Marx esas contradicciones eran materiales, en Fukuyama, inspirado en Hegel, son en gran medida culturales: el autor identifica “la lucha por el reconocimiento” y el progreso tecnológico como los dos motores que “mueven” la historia4.
En esencia, la conclusión del autor es que la dialéctica ha finalizado como consecuencia de que el hombre ha alcanzado en una determinada fase de su historia una forma de sociedad que satisface, en simultáneo, el principio de reconocimiento, libertad e igualdad en su máximo esplendor posible5.
En palabras del autor, “El mundo posthistórico es uno en que el deseo de la confortable autopreservación ha sido elevado por sobre el deseo de arriesgar la propia vida en una lucha por el puro prestigio y, en el cual, el reconocimiento universal y racional ha reemplazado la lucha por la dominación”.
El autor no ignora que en el seno de las sociedades actuales existan problemas que requieran urgente tratamiento. Es consciente inclusive de que las regresiones autoritarias seguirán presentes.
Pero, aunque haya países que puedan retroceder hacia modelos más rudimentarios, su argumento es que la humanidad en su conjunto ya ha avanzado hacia el escalón de evolución más alto.
Conclusiones
Así como resurgieron los autoritarismos, también reaparecen las ideologías. Al consenso democrático-liberal le ha aparecido en este cuarto de siglo un nuevo competidor: los regímenes nacional-populares que amenazan con poner en peligro las instituciones.
En América Latina, gobiernos de izquierda como los de Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, Rafael Correa en Ecuador o Hugo Chávez en Venezuela representaron en los años 2000 una seria afrenta a los regímenes representativos liberales y a sus instituciones.
Esos regímenes se comportaron en el mejor de los casos como democracias incompletas, y en el peor de los casos, como dictaduras. Hugo Chávez en Venezuela, por ejemplo, trastocó seriamente el funcionamiento de la democracia en su país, pero no fue hasta la llegada de su sucesor, Nicolás Maduro, que la democracia recibe la última estocada.
Dicho de otra manera, a la falta de legitimidad en el ejercicio del poder presente en los sucesivos gobiernos de Hugo Chávez se le sumó la ausencia de legitimidad de origen bajo Nicolás Maduro, transformando en pocos años una democracia añeja -un oasis en la región durante las décadas de los ´60 a ´80- en una de las dictaduras más crueles y sanguinarias de la historia latinoamericana reciente.
Simétricamente, por el lado de la derecha, han hecho su aparición en América Latina líderes populistas como Jair Bolsonaro, Nayib Bukele o Javier Milei que difícilmente podrían ser considerados más democráticos que sus contrapartes de izquierda.
A esos presidentes los une su devoción por el presidente estadounidense Donald Trump, un presidente con inclinaciones fuertemente autoritarias que no dudó en tramar un golpe de Estado en el país más rico y poderoso del mundo.
La conclusión de Fukuyama sobre el fin de la historia puede resultar polémica y debatible. En el corto plazo, la salud de las democracias ha empeorado. Pero, a largo plazo, pocas personas podrían razonablemente afirmar que el mundo no haya dado un paso hacia adelante.
Las monarquías hereditarias, aristocracias y dictaduras, por no mencionar a los totalitarismos, han sido reemplazados por democracias en una gran parte del mundo. Aunque las guerras no hayan sido erradicadas, el avance de la humanidad hacia formas más pacíficas de resolución de controversias ha sido notable.
En términos estrictamente humanos, las cartas de protección de derechos humanos consagradas a partir del final de la Segunda Guerra Mundial y la creación de instituciones como la Corte Penal Internacional (CPI) aseguran la observación y supervisión de los derechos humanos en todo el mundo.
Aun recociendo que instituciones internacionales, como la Organización de Naciones Unidas (ONU) o la Organización de Estados Americanos (OEA) deban ser reformadas y aggiornadas a fin de tornarlas mucho más efectivas, su sola presencia es síntoma y reflejo de la mayor consideración de la sociedad hacia el diálogo, la tolerancia y la convivencia democrática.
Esta visión optimista inspirada en Fukuyama debería ahora movilizar a los líderes de izquierda, de derecha y de centro a avanzar un paso más en pos de reducir las desigualdades, eliminar la pobreza y poner fin a los conflictos armados que desde distintas latitudes continúan amenazando la paz y la seguridad internacionales.
- Ese sentimiento positivo contrasta con el pesimismo de mediados de siglo. ↩︎
- La guerra nuclear nunca se materializó. ¿La razón? El hecho de que tanto EEUU como la URSS contaran con la bomba atómica y un gran arsenal nuclear disuadía a cada una de ellas de iniciar un ataque contra la otra donde el conflicto pudiese salirse de las manos. ↩︎
- Tema sobre el cual ningún país latinoamericano se explayó durante la reciente Conferencia Anual de las Naciones Unidas. ↩︎
- Son el medio que la hace avanzar hacia nuevas estructuras y maneras de pensar más evolucionadas. ↩︎
- Esa forma de sociedad es la democracia liberal en lo político y el capitalismo en lo económico. ↩︎